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Un homenaje al ritual del café ciclista: las paradas en tiendas, pan con gaseosa y el sabor que solo entienden los que pedalean.
Si le preguntas a un ciclista bogotano cuál es el mejor café del mundo, no te va a decir un nombre extranjero. Te va a decir algo como: “el tinto de Patios después de coronar”. Porque el café que de verdad sabe bien no viene del grano, sino del esfuerzo.
En Bogotá y sus alrededores, los ciclistas ya tenemos nuestros templos del café.
En Patios, la parada más famosa de la ciudad, están los clásicos: TNC, Pieno, KOM, El Último Pulmoncito, Beth Lehem (el vegano), Kachitos, y bajando en la 7ma, el café de Cycla, donde uno se toma un espresso viendo pasar a los que acaban de sufrir lo mismo.
Por la calle 80, el punto más conocido es el Parador del Vino, allá arriba, donde se junta todo tipo de ciclista para recuperar el aliento. Y cuando ya vas bajando hacia Bogotá, te encuentras con los lugarcitos del Puente de Guadua donde se sirve café de olla, agua de panela y pan. Ahí el ambiente es puro ciclismo, entre risas, historias y bicis apoyadas contra la baranda.
En la vía a La Calera rumbo a Sopó, están los paradores clásicos para echar una agua de panela con queso o recargar bidones.
Y antes de subir a Guasca o a la Cuchilla, está El Francés, un sitio muy querido donde uno se toma el descanso antes de decidir si le mete más pedal o se devuelve.
Por la salida a Cajicá, muchos paran en Yajá, que ya es casi una tradición entre grupetas por su café fuerte, las arepas y el ambiente relajado.
Por la Séptima, el Pórtico (a la altura de la 200 y pico) también tiene su encanto, y por la Autonorte, el Gallo se volvió parada fija antes de seguir rumbo a Chía o Briceño.
Ya más lejos, hacia Zipaquirá o el Alto de San Jorge, el destino es otro clásico: La Puerta Falsa, en la plaza principal, donde un caldo con chocolate y almojábana valen más que cualquier isotónico.
Al final, el café del ciclista bogotano no es gourmet por su preparación, sino por el contexto. Sabe distinto porque llega con sudor, cansancio, y la sonrisa de los amigos que también “coronaron”.
Porque el mejor café no tiene espuma: tiene historia, ruta y piernas.
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