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Cada enero, miles de ciclistas desempolvan el casco, revisan las llantas y prometen que esta vez sí van a montar más. Es la época de los nuevos comienzos, de las metas que parecen sencillas y de las promesas que, con el paso de los meses, a veces se diluyen entre la rutina. Pero si algo enseña el ciclismo es que la constancia vale más que la velocidad.
Tener la bici como propósito de año nuevo no significa obsesionarse con los números, sino reconectarse con el placer de rodar. Empezar sin presión, escuchando al cuerpo y disfrutando cada salida. La clave está en metas alcanzables: proponerte dos o tres rodadas por semana, sin importar si son largas o cortas, mientras sean tuyas y te hagan sentir bien.
También es un buen momento para redescubrir la bici como espacio de compañía. Rodar en familia, con colegas o amigos le da otro sentido a la ruta. El ciclismo es de esos deportes que invitan a compartir: el saludo al paso, la charla en el ascenso, la aguapanela en el parador.
El descanso es parte del propósito. Dormir bien, comer balanceado y tomarse días de recuperación no es flojera: es inteligencia corporal. Sin descanso, no hay progreso. Y sin disfrute, no hay propósito que dure.
Si tu meta es volver a sentirte bien sobre la bici, no necesitas una app nueva o un plan profesional; necesitas coherencia entre lo que quieres y lo que puedes sostener. Pedalear es también una forma de meditar: el sonido del viento, la cadencia del pedaleo y la calma que se siente al llegar.
Así que este año no te propongas ser el más rápido, sino el más constante. No el que más sube, sino el que nunca deja de disfrutar.
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