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Explorar la dimensión mental y emocional de rodar: las ideas que nacen, los problemas que se resuelven y la calma que da el pedaleo.
Uno sale a rodar creyendo que va a hacer ejercicio, pero la verdad es que va a despejar la cabeza.
Bogotá puede ser un caos, y a veces lo único que calma el ruido del mundo es el sonido de la cadena girando. A los diez minutos de estar en la bici, ya no estás pensando en el correo pendiente ni en la reunión del jefe.
Estás pensando en ti, en lo que te preocupa, o en nada. Y ese “nada” es el verdadero descanso mental.
Dicen que el escritor Ernest Hemingway alguna vez afirmó: “Montar bicicleta es la mejor manera de conocer una ciudad, porque te pone en contacto con el alma del lugar.” Y tenía razón. Cuando pedaleas, entras en modo observador. Todo se desacelera, incluso tú.
No es casualidad que la ciencia respalde lo que sentimos.
Un estudio publicado por la Universidad de Stanford encontró que actividades aeróbicas como montar bici aumentan la liberación de dopamina, el neurotransmisor asociado al placer, la motivación y la sensación de bienestar.
En palabras más simples: la bici literalmente te pone de buen humor.
Por eso hay días en que uno no sale por los kilómetros, sino por la cabeza. No sales a ganarle al reloj, sino a ganarle al estrés. Y cuando llegas a casa, cansado pero tranquilo, con las piernas rendidas y la mente liviana, entendés que la bici no es solo deporte: es terapia sin cita, psicólogo sin consultorio y felicidad en dos ruedas.
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